Curvas
y otras fatalidades
Relatario 2007
Daniel Hermosel Murcia.
Título: Curvas y otras fatalidades.
Subtítulo: Relatario 2007
Autor: Daniel Hermosel Murcia
Editor: Bubok Publishing S. L.
Depósito Legal.: PM 3070-2008
Diseño de cubierta: Daniel Hermosel Murcia
Diciembre de 2008.
Los relatos, salvo “Curvas”, provienen del blog: http://yaqe.blogspot.com, donde fueron publicados en 2007. Los comentarios publicados lo son con la autorización de los autores y responsabilidad última de los mismos.
© Daniel Hermosel Murcia.
Todos los derechos reservados.
Este libro recopila los textos publicados en internet durante el año 2007 en el relatario on-line ¿Y ahora qué, eh..? 1, donde se fueron sucediendo estas historias más o menos fatales.
La primera de ellas, Curvas, forma la primera parte de este libro. Una historia oscura de idas y venidas emocionales, con un oscuro hado rondando, que fue originalmente publicada por entregas.
El resto de relatos, el resto de las fatalidades, salvo Prólogo de Dragón, fueron escritos para publicarse sin más en la red, de ahí su brevedad, sin bien conforman historias completas, y fatales, en sí mismas.
Algunos relatos tuvieron su origen, en mayor o menor medida, en temas musicales. Además Curvas está llena de referencias que conforman la banda sonora del relato.
La lista completa del disco recopilatorio es la siguiente:
Princesa, Joaquín Sabina.
Aire, Mecano.
Whish you were here!, Pink Floyd.
Stariway to Heaven, Led Zeppelin.
Lady sings the blues, Billie Holiday
November Rain, Guns & Roses.
Industrial Revolution Overture, J. M. Jarre.
El descenso, Orquesta Pihna.
Ommadawn Live ’87, Mike Oldfield.
También incluyo alguno de los comentarios que los lectores de los cuentos tuvieron a bien dejarme, ya que, no cabe duda, gracias a ellos este libro ha salido a la luz. Gracias a todos (vosotros sabéis quiénes sois).
En cuanto a mí, como escritor(zuelo), he sido prácticamente autodidacta, a imitación de lo que leía. Mis primeros relatos datan de mi época universitaria. El inventar historias de mucho antes, la verdad.
Finalmente, encontré en internet la forma de hacer público aquello que escribía, en el blog mencionado anteriormente (¿Y ahora qué, eh..? 2), actual relatario de publicación semanal y, como ya dije, fuente de los cuentos que forman este libro.
Además, asistí al taller de creación literaria de Alcobendas, dirigido por la escritora Reina Roffé, fruto del cual publiqué, junto con otros compañeros, una antología de relatos, a través de la editorial online Bubok3.
Y, sin más, doy paso a curvas Curvas, doy paso a la fatalidad.
Daniel Hermosel Murcia.
AviAdorA de metAl. dijo...
« Muy efectista, con su toquecino a lo Hitchoc. Muy bueno, Dani, en serio que sí. Un beso, y gracias por los buenos ratos, muchacho.»
Me encanta conducir de noche, en calma, atravesando carreteras perdidas, mientras escucho mi música triste sobre el murmullo del motor. Conduzco sin destino, en un peregrinaje nocturno hacia el amanecer de una nueva semana. Ese es el momento que marca la hora de regresar a mi cueva, dejar de ser yo y dormitar y vegetar y vomitar, hasta que el sol se apiada de mi desidia y hace mutis por el viernes. Entonces vuelvo a la carretera. Me gusta que las sombras se deshagan a mi paso, para volver después. Pienso que soy la luz que da vida a un universo vacío y oscuro, donde no hay nada cuando yo no estoy. Con el tiempo he terminado por conocer todas las rutas próximas a mi celda. Conozco cada curva, cada tramo bacheado, cada cambio de rasante, cada arcén, cada cruce. Me encanta regresar una y otra vez. Descubrir que todo sigue igual, y a la vez es distinto.
Ahora estoy más lejos de mi mazmorra de lo que lo he estado nunca. Esta es la quinta noche seguida que conduzco. Mi último viaje disfrutando de la conducción nocturna. Busco carreteras poco concurridas, con la emoción de descubrir nuevas curvas, nuevos baches, nuevos vientos, con mis viejas y tristes melodías sonando sobre el arrullo de un motor que no se queja de la carga, mi patética vida al completo, que transporta.
Sin embargo, este fin de noche está resultando frustrante. Una errática lluvia me está haciendo perder los nervios desde hace varios kilómetros. Comienza a llover y, cuando acciono el limpiaparabrisas, para. Si espero más, la lluvia aprieta y tras dos pasadas de la goma sobre el cristal se detiene unos minutos y vuelta a empezar. Demasiado tarde, princesa, canta despechado el Sabina. La carretera es una nacional que apenas tiene curvas. La conducción es monótona. Acelero. Desde hace una media hora, el aire tiene un olor que no llega a ser desagradable pero que me turba. Cada pocos kilómetros, mientras la lluvia sigue riéndose de mi paciencia, aparece la sombra de un restaurante de carretera abandonado o las fantasmales luces de algún sórdido local de alterne. La lluvia de nuevo me la juega al poner el limpia en automático. Incluso Ana con aquello de, probé a ser respirado por la que duerme a mi lado, comienza a irritarme y la silencio antes de que lo sienta por su novia. Aprovechando el silencio, el motor comienza a susurrarme dulcemente. La lluvia se ha cansado de jugar y ha decidido irse a dormir. Me calmo. Tal vez pueda disfrutar algo esta noche antes de tener que buscar un refugio donde pasar el día.
A unos metros veo el desvío por el que me adentraré en una comarcal hasta un hotelito a la entrada de un pueblo. Habría sido imposible saltarse el cruce gracias a los neones en violeta, rosa y blanco de una enorme sala de fiestas. Mientras hago el giro a la derecha no puedo contenerme. Reduzco la velocidad para curiosear un poco. No hay mucho que ver. El recinto está vallado con carrizo, en pos de la intimidad de sus clientes. En la entrada hay un maromaco rubio, de dos por dos. Parece preocupado. No deja de mirar el móvil y llevarse el dedo a la oreja. Es todo un oso de la estepa, muy parecido al contrincante de la URSS que venció a Rocky, no recuerdo en qué parte. Creo que ni aunque me gustaran los hombres me liaría con alguien así. No sabría qué hacer con tanto músculo, por no hablar del complejo que acabaría cogiendo con mi nula forma física. El violeta, el rosa y el blanco se van haciendo pequeños en el retrovisor, y desaparecen cuando tomo una curva a izquierdas bastante cerrada. Al salir tengo que dar un fuerte frenazo. Una chica surge de la nada. Su cara aparece descompuesta y cegada ante mí.
– ¿Es que estás loca o qué? – Grito sacando la cabeza por la ventanilla.
La chica está tiritando, mueve la cabeza de un lado a otro compulsivamente y sangra por la nariz. Veo un resplandor intermitente varios metros más allá.
– ¿Estás bien, has tenido un accidente? – Salgo del coche y me acerco a ella para calmarla.
Es joven, no debe tener más de veintiún años. Tiene el pelo largo, despeinado, tal vez por el accidente. El labio inferior no para de temblarle. Los ojos exageradamente abiertos buscan algo. Al fin me encuentran a mí y parecen desprenderse de una parte de miedo.
– Vamos sube. – La llevo hasta el coche y la ayudo a sentarse. Le coloco el cinturón.
– Ya está, ya ha pasado todo. – Intento tranquilizarla mientras le limpio la sangre de la nariz. No parece herida. La sangre deja de manar. En un vistazo rápido todo parece estar en su sitio, aún así prefiero asegurarme. Vuelvo al coche y reanudo la marcha despacio.
– Voy a llevarte a un hospital.
– ¡No! – grita asustada. – Estoy, estoy bien, ¿sí? – Mi mirada le notifica mi desaprobación
– En serio, no tengo nada roto, y no… – Se detiene cuando pasmos junto a su coche, tendido de lado en la cuneta. En el asfalto han quedado las huellas de los neumáticos. Debía ir muy rápido para salirse en la recta. Un giro brusco a la izquierda, y lo que parece un intento por retomar el control del coche que, tras unos zigzagueos, vuelve de nuevo a la derecha, aunque termina por pisar el arcén de gravilla, haciéndose incontrolable y estrellándose contra un árbol de lado, quedando luego en una extraña posición. Me detengo a cierta distancia.
– ¿Quieres que coja algo del coche, los papeles, alguna cosa?
– No, – su mirada vuelve a saturarse de pavor, – no necesito nada ¿sí?
– Tranquila, – que bonitos son sus ojos cuando se calman, – iré a ver, vuelvo enseguida. – Los cierra resignada, suspira y se recuesta en el asiento.
Me acerco al deportivo: pura velocidad. Seguramente iba a cerca de doscientos cuando perdió el control. Lo cierto es que es un coche que no le pega nada a la chica, pero, ¿qué sabré yo? Me acerco con cuidado y entonces lo huelo, el inconfundible aroma de la gasolina. Me aparto para que mi sombra no me oculte detalles y veo un pequeño charco alrededor del coche.
– Se está vertiendo gasolina, será mejor señalizarlo e ir a llamar a la guardia civil. – Le informo.
Obviamente ella no tiene teléfono móvil encima o ya lo habría usado, y el mío llevaba siglos sin batería. Ahora que me fijo mejor, apenas lleva ropa encima: una minifalda o más bien un maxicinturón blanco y una blusita rosa muy ligera y escotada que deja ver un bonito sujetador blanco de encaje. Debo haberme quedado mirando demasiado tiempo, porque se cubre con el brazo.
– Perdona, yo no… – Mejor no decir nada, le paso una chaqueta de hilo por si tiene frío y arranco.
A los cinco minutos percibo a lo lejos las luces de lo que parecía otro puticlub, esta vez en rojo y verde. Supongo que tendrán un teléfono. Al ir aproximándonos veo que hay que desviarse unos metros por un camino de tierra para llegar a la entrada. Reduzco la velocidad, pongo el intermitente y siento su mano sobre la mía en el volante.
– No, por favor, no vayas allí… – Me pide suavemente, con cierto rubor.
– Solamente es para llamar, el coche puede ser peligroso si explota.
– No, por favor, – insiste, – yo…, – duda, – no… – Comprendo. ¿Seré idiota? No es vergüenza, al menos no de esa clase, si no un miedo profundo que hace débil su súplica cuanto más cerca de la entrada estamos.
– Vale, bien, daré la vuelta. – Ella se acurruca en el asiento, se hace pequeña hasta casi desaparecer. No puedo evitar el acercarme a la puerta, necesito espacio para maniobrar. Cuando me aproximo el portero se aparta y me señala con una sonrisa dura por dónde encontraré aparcamiento, antes de volver a hablar por el móvil. Giro, le sonrío y salgo. Él me ignora, no deben llegarle buenas noticias por el teléfono, maldice y se va dando zancadas al interior.
Volvemos a la carretera. Ella resurge del fondo del asiento, se la ve mucho más tranquila. No decimos nada y no me atrevo a romper el silencio con música. Simplemente intento conducir lo más suavemente posible para que los ronroneos del motor la acaricien y le hagan sentir a salvo mientras nos acercamos al pueblo. Llegamos al hotel que sería mi refugio ocasional y ella me sigue muda hasta la habitación. Desde el cuarto llamo e informo del accidente mientras ella se da una ducha rápida.
– ¿Tienes hambre?, en frente hay un bar de camioneros, seguro que tienen algo bueno que llevarse a la boca. – Intento hacer un chiste, pero no me sale.
– No, estoy cansada, – contesta simplemente desde el baño, – vayamos a dormir ¿sí?
– Al menos déjame llevarte a un hospital.
– Mañana, ¿sí?, durmamos ahora, – sale envuelta en una toalla. – Aún estoy temblando mira. – Coge mi mano y la deja sobre su pecho aún húmedo. Su corazón late acelerado, y pronto el mío lo hace también.
– Abrázame fuerte, ¿sí? – Cómo puedo negarme. La abrazo y me doy cuenta de que es de mi misma estatura. Apoya su cabeza en mi hombro. Su cabello, oscuro y denso, huele al champú barato del hotel que, ahora mismo, me parece el aroma más arrebatador del mundo. Entonces comienza a llorar, liberando toda la tensión, todo el miedo acumulado en los últimos minutos. Tal vez también se escape parte del pánico y la impotencia contenida durante los últimos meses, años quizás. Cuando sus ojos quedan limpios me da un tierno beso en la mejilla y se va a dormir.
– Buenas noches. – Me dice.
– Descansa. – Le contesto.
Despierto con la boca seca. Está oscuro. La pequeña ventana tiene la persiana bajada. Me levanto despacio y dejo que entre algo de luz. Es tarde, aunque no lo suficiente. Aún quedarán unas tres o cuatro horas para el anochecer. Con los ojos medio cerrados llego al baño y me doy una ducha cálida y lenta que termina por despertarme. Vaya, debí olvidar el neceser en el coche. Entonces recuerdo lo sucedido antes del amanecer, lo que hasta entonces me había parecido un extraño sueño. Vuelvo a la habitación y, sí, la cama junto a la mía está revuelta pero vacía. Ella pasó la mañana aquí, durmiendo conmigo, pero ahora no está. Y se ha llevado mi ropa. ¡Mierda, mierda, mierda! Se ha llevado también la cartera y las llaves del coche. ¿Cómo puedo ser tan idiota, cómo he podido confiar tan fácilmente en una desconocida, una puta? ¡Joder, su ropa es la única ropa que hay en la habitación! ¿Se supone que debería ponérmela? ¡Mierda, mierda, mierda! Intento calmarme, vuelvo al baño y termino de ducharme. ¿Qué sé de ella, realmente? Nada, no sé nada. Salvo que es una puta, eso está claro, y que probablemente se habrá escapado. De ahí las prisas y el miedo a volver al puticlub. También sé que no debe conducir muy bien. Y otra cosa: que tiene unos ojos preciosos, el pecho firme y suave, el cabello… ¡Mierda, mierda, mierda! Salgo de la ducha y comienzo a secarme frente al espejo. La puerta de la habitación se abre.
– ¿Hola? ¿Ya despertaste? – Es ella, ha vuelto. – ¿Hola, estás por ahí?
Salgo del baño aún secándome y la veo junto a la mesa, vestida con mis vaqueros lavados y mi camiseta negra, con mi cinturón, mis zapatos, ¿mis calcetines? De repente me viene una extraña sensación. En cierto modo se parece a mí. Con más pecho eso sí. Comienza a sacar cosas de las bolsas, dándome la espalda.
– No quise despertante, parecías tan a gusto. – Latas de bebidas y lo que parecen bocadillos. – Fui al bar de enfrente a por algo de comer para cuando despertaras. – ¿Se había cortado el pelo? – Tuve que coger tu ropa, mi cielo, no podía salir con eso, ¿sí? – Se gira y señala el cinturón y la blusa rosa con la cabeza.
– ¿Estás bien? – Supongo que mi expresión no era muy amigable. – Espera, – se acerca a mí y me peina con los dedos.
– Así estás mejor. – Sonríe y se sienta sobre la cama. – Come algo, ¿sí?, no sabía que te iba a gustar así que he comprado casi de todo.
Me acerco a la mesa y veo el menú. Hay bocadillos de queso curado, jamón serrano, lomo adobado, tortilla de lo que parece algún tipo de verdura, de calamares, incluso uno vegetal, varias latas de refrescos y cerveza, y varios sobres de mayonesa. Cuando me giro está desnudándose.
– Espera, – le digo, – no te la quites, ve al coche, en el asiento de atrás hay una maleta roja, tráela y nos pondremos algo limpio. – Sonríe y sale sin pensarlo.
– Enseguida vuelvo, ¿sí?
Enseguida lo hace. Buscamos entre mi ropa algo que ponernos. Por suerte tenemos la misma talla. No puedo evitar el fijarme de nuevo en su cuerpo mientras se quita la camiseta para ponerse otra limpia. Ella se da cuenta.
– Perdona. – Me vuelvo y busco algo que ponerme. Noto que se me acerca por detrás, toma mi mano, y me gira. Tiene el torso desnudo, a contra luz. Posa mis manos de nuevo en sus pechos.
– ¿Te gustan? – Moviendo sus manos, las mías los acarician.
– Sí. – Para qué negarlo.
– Tres mil cada uno. – Sonríe y da un respingo. – Un buen trabajo, ¿sí? – Ahora mismo no sé qué pensar. – Al principio no quería operarme, pero tenía el pecho muy pequeño, casi como tú, y me obligaron a hacerlo..., ya sabes. – Se encoge de hombros y se pone una camiseta blanca.
Terminamos de vestirnos comemos algo y lo recogemos todo.
– Por cierto, me llamo Graciela. – Es cierto, no nos hemos presentado.
– Yo soy Claudia.
Nos marchamos al atardecer.
– Tengo que pasar por el cuartel de la guardia civil. – Graciela parece haber olvidado todo lo sucedido la noche anterior, pero la mención de la autoridad trae de nuevo la angustia a su suave rostro.
– Tranquila, solamente tengo que pasarme a firmar la declaración de lo que les conté ayer por teléfono y simplemente dije que vi un coche vacío con gasolina alrededor que me parecía peligroso. – Esta explicación no la tranquilizarla, pero de nuevo la resignación vuelve sumisa su expresión. ¿Cuántas veces habrá tenido que adoptar esta actitud sobrepasada por las circunstancias? Me parece ahora tan indefensa, tan derrotada.
– Serán cinco minutos, ¿sí? – digo imitando su acento, a lo que responde con una sonrisa.
En el cuartel tardo un poco más de cinco minutos. El sargento de guardia me está esperando con la transcripción de la llamada de la noche anterior y algunas dudas que resuelvo lo mejor que puedo. Regreso.
– Ya está, no saben nada, supongo que eres libre. – Sonríe y me abraza y llora como una niña pequeña. Yo la estrecho fuerte y hundo mi cara en su pelo, y lloro también.
– Venga, venga, que si seguimos así no nos iremos nunca.
Enciendo el coche, acelero lentamente y nos sumergimos en el abismo de la noche. Las sombras se deshacen a nuestro paso, para volver después, rotas con el eco del motor que apenas se deja oír sobre la dulce voz de Graciela que me cuenta los cotilleos caducos de la revista, que se queja de mi triste música, que hace planes para el futuro, como si fuera allí donde la llevo. Y pienso que su voz es la luz que da vida a un universo vacío y oscuro. No habrá nada cuando ella no esté. El mundo se crea en cada una de sus carcajadas para luego desaparecer.
Cae la tarde en una pensión que encontramos apenas al amanecer, cuando casi pensábamos que nos tocaría dormir en el coche. ¿Por qué? Porque estas últimas dos noches toda mi planificación se ha ido a la mierda. ¿Por qué? Porque no presto atención a mi libro de ruta. ¿Por qué? Porque conduzco sin saber por dónde voy. ¿Por qué? Por ese cuerpo bronceado que aún calienta las sábanas tan cerca del mío, que un suspiro no podría pasar entre ambos. Me levanto en busca de intimidad y consuelo en el cuarto de baño. Hoy tampoco me duele la cabeza y tampoco me tomaré las pastillas. Creo que estoy mejor. Me engaño pensando que estoy mejor. Nada me importa salvo estar cerca de Graciela. ¡Mierda, me he enamorado! Sí, debe ser eso. Como una quinceña estúpida que no sabe nada de la vida. Como si todo lo que creía simplemente se esfumase a modo de sueño esquivo que nunca recordaré cuando despierte. Sé que no tenemos futuro juntas. No me queda tiempo, ni fuerzas, ni ganas para esto, pero... ¡Mierda, la quiero! Lloro sin motivo, y el agua tibia de la ducha me consuela. ¿Y yo, qué soy para ella? ¿Una loca que le ayuda en su huída a ninguna parte, una amiga con la que desahogarse, un balón de oxígeno con coche, un salvavidas, una salida?
Aún duerme, debería despertarla. Anoche, entre risas, se le ocurrió que debíamos cortarnos el pelo igual para que la gente nos confundiera. ¡Como si eso fuera posible! Tenemos rasgos comunes, somos parecidas y le vale mi ropa, pero ella, aparte de unas quince tallas más de pecho, tiene mejor cuerpo, y más suave, más firme, más joven. Y luego está su luz en los ojos, su boca perfecta, su tan cara expresiva. Supongo que el juego puede ser divertido, aunque no engañaremos a nadie.
– ¡Buenos días, mi amor!, dormimos mucho ¿sí? – Sé que es solo una forma de hablar, pero cuesta tan poco dejarse llevar por la imaginación.
– Vamos, marmotilla, ¿no querías ir a la peluquería?, no sé si ya habrán cerrado.
– Sí, sí, sí. – Salta de la cama. – Vamos, vamos, vamos. – Y está lista en dos minutos, ¡con qué velocidad se pone guapa mi chica! Ay, debo aprender a controlar estos pensamientos, debería tomarme las pastillas, pero me siento tan bien…
Vuelta a la carretera, mimetizadas con pelo corto en un rojo oscuro casi granate. En contra de lo que pensaba el parecido es asombroso. Tras una pequeña discusión, nuestra primera pelea, suena un programa de radio donde la gente llama para contar sus penas. A ninguna le gusta demasiado, pero al parecer mis tristes canciones la desesperan y a mí las emisoras de cumbia, y bachata como que no me van demasiado y, aunque lo he intentado, no puedo aguantar más de tres canciones seguidas.
Distraída por la riña, me veo conduciendo por una autopista. Lleva un tiempo lloviendo suavemente y el olor a tierra mojada, la monotonía de la radio, y esta infinita recta me hacen bajar la concentración. Un par de veces los zumbidos desde arcén me avisan de que debo conducir con más cuidado. Graciela ni se inmuta. Recostada en el asiento, con la pierna derecha extendida sobre el salpicadero y la mirada perdida en la nada más allá del parabrisas, me ofrece su indiferente nuca granate. La voz suave de la locutora continúa dando paso a más y más personajes que se confiesan al dios de las ondas, con la valentía que otorga el anonimato, y el consuelo del asentimiento de la joven de voz dulce y cálida, pero al mismo tiempo distante e indiferente, como debe ser la del oráculo.
Es hora de llenar el depósito, estirar las piernas y hasta comer algo. El aparcamiento, más allá de la gasolinera, está prácticamente vacío. Al otro lado, el restaurante de la marca concesionaria de la autopista, garantiza la deseada indiferencia de unos empleados temporales desmotivados. A la vista solo hay un joven vestido con los colores de la empresa y una ridícula gorra. Al fondo, tras el comedor, hay una sala en penumbra donde una serie de amplios sillones de falso cuero. Ofrecen quince minutos de masaje por tres euros. Dentro hay dos personas que parecen dormir.
Nos sentamos en una mesa cercana al ventanal de la pared, para poder ver el exterior. El enfado parece habérsele pasado a Graciela. Se le escapa una sonrisa. Cuando se da cuenta de que la he cazado relajada vuelve a hacerse la ofendida. Tras un par de fingimientos más rompe a reír, y yo con ella.
– No discutamos más ¿sí?
– Bueno, eso no puedo prometértelo. – Ahora me hago yo la dura.
– Venga, ¿sí? – Me pone ojitos – ya no más hermanitas tontas.
– Huuum. – Hermanas, eso es lo que somos. – Al menos lo intentaré. – Sólo hermanas.
Mientras comemos, entran un par de hombres y piden algo de beber al camarero, que al parecer no tiene lo que quieren y al final les pone unas cervezas de lata. Con la poca luz que hay apenas se los distingue. Van vestidos con cazadoras de piel, pantalones y zapatos negros y unas innecesarias gafas de sol.
– Mira esos dos. – Le indico a Graciela que estaba de espaldas a ellos. Se vuelve.
– Voy al baño, ¿sí?
– Voy contigo. – Digo distraída, buscando un trozo de carne entre la pasta con tomate.
– No, mejor quédate aquí vigilando nuestras cosas, ¿sí?
– ¿Qué? Vale, pero no tardes mucho que yo también tengo que ir.
Me quedo esperando, y no me doy cuenta de cuánto hasta que veo que he terminado de comer y he apurado el café. Graciela no vuelve. Miro alrededor. El camarero ha desaparecido, junto con los dos hombres que estaban en la barra. La sala de sillones vibradores está vacía. Estoy sola en un restaurante a media luz con los restos de unos malos macarrones a la boloñesa y los posos de un café. Al otro lado de la mesa un filete apenas troceado, frío, con patatas frías sobre las que espera un chorro de mayonesa, un trozo de tarta de queso y la silla de Graciela vacía. Me levanto despacio y me asomo al exterior. El aparcamiento también está vacío. No están los pocos coches que había, ni... ¡Mierda, mierda, mierda! ¿Dónde está mi coche? Mis ojos van directos a la mesa de nuevo, las llaves no están ahí, junto a la cartera donde las dejé. Ni llaves, ni coche, ni chica, ni nada. ¡No puede ser, mierda! Se me hace un nudo en la garganta solo de pensarlo. Noto como las lágrimas quieren brotar. ¡Joder, joder, joder! Esta vez no hay excusa, no hay donde ir, esta vez me ha abandonado. Vuelvo a mirar la plaza libre donde estaba mi coche. Se ha ido y se lo ha llevado con toda mi vida dentro, mientras yo me quedo aquí, a media luz, perdida, llorando, mirando su ausencia como una niña pequeña. Me noto el pulso acelerado. Me fallan las piernas. Noto que se apaga la luz. No, no es la luz, son mis ojos cerrándose. Me estoy desvaneciendo. Caigo. El golpe debería dolerme pero no siento dolor, ni el frío del suelo, ni la angustia, ni mi recuperada soledad. Nada
Recostada sobre una superficie blanda, pero firme, arropada hasta el cuello con una sábana gruesa y almidonada, escucho voces entrecortadas que apenas superan el murmullo de los respiradores, pasos timoratos seguidos de otros rápidos y graves en contrapunto de los rítmicos pitidos de los monitores. No necesito abrir los ojos para saber que estoy en un hospital. Me lo dice mi olfato, que va más allá de los tubos que llevan oxígeno directamente a mi nariz para reconocer el olor a falsa asepsia, a alcohol, que apenas consigue enmascarar el más perceptible por mí, el olor a muerte de la planta de terminales, tan obvio como la luz y el calor del sol una tarde de verano en el campo. La primera vez que lo olí me prometí a mi misma que no volvería a olerlo. Me temo que no he podido cumplir tampoco esa promesa. Supongo que en algún momento tendré que abrir los ojos, pero de momento prefiero seguir así, simulando el sueño.
No me apetece despertar y encontrarme sola, esperar a que llegue una enfermera novata que revise mis variables constantes, anote la hora de resurrección y avise a un médico asustada cuando me vea levantarme y marcharme. No, no me apetece montar el espectáculo, aún. Prefiero descansar un poco más. Parame, pararme a pensar. No tampoco me apetece pensar en lo idiota que he sido los últimos días, las últimas noches. Lo que realmente quiero es escuchar algo de música. ¡Oh sí!, lo que daría ahora por tener cerca un directo de los Zeppelin, o de los Pink Floyd más psicodélicos, o tal vez el Wish you were here. ¡Ojalá estuvieras aquí..! Soy una idiota. No, no puedo llorar. ¡Ojalá me cogieras de la mano..! Los moribundos comatosos no lloran. ¡Ojalá me besaras la frente..! No, no puedo delatarme. ¡Ojalá me dijeras…!
– Mi amor, vas a ponerte bien, ¿sí? Mi hermanita, ya verás, te despertarás y seguiremos con nuestro viaje ¿sí?, y yo te contaré todo para que no más te asustes ¿sí?, y te hablaré de cosas alegres, y te cantaré canciones que no mientan, y te diré de mi pueblito, y te contaré los cuentos que me contaba mamá ¿sí?
Debo estar delirando, porque oigo perfectamente a Graciela susurrarme entre sollozos. Me he terminado por obsesionar tanto con esa mujer que ahora me la imagino a mi lado, llorando, sin atreverse a tocarme, comida por los remordimientos nacidos de haberme dejado sola tirada en el suelo como una colilla. Ahora oigo pasos que se alejan un breve cuchicheo y pasos que se acercan. Ahora me cogen la mano, me besan la frente y me ajustan algo en la oreja.
– Volveré mañana, ¿sí?, cuando apenas salga el sol.
Y, en el delirio, Robert Plant, tras una suave introducción de cuerdas y viento, me habla de una vieja amiga, que aún sigue comprando su escalera al cielo, justo después de oír otra vez pasos que se alejan y un breve cuchicheo. No puedo evitarlo, y lloro con los ojos cerrados, segura de que nadie puede verme, porque no hay nadie a mi lado.
Apenas habrán pasado un par de horas. Siento la luz del sol sobre mis párpados y simplemente abro los ojos. Efectivamente. Un hospital. El brazo izquierdo lo tengo anclado a un gotero medio vacío, el derecho libre. Unos delgados tubos transparentes me llevan una mezcla óptima de aire directamente a la nariz. En el pecho tengo dos electrodos, y tres más en la cabeza. El monitor marca setenta y ocho pulsaciones por minuto y más datos demasiado pequeños para que pueda leerlos. He tenido suerte, me ha tocado la cama junto a la ventana. A la izquierda una cortinilla me protege de mi compañera de cuarto de la que se están ocupando en este momento. Probablemente esté también inconsciente, o eso o nos ha tocado el doctor silencios. No se oyen más que los susurros de las sábanas y la ropa al frotarse y algún quejido del colchón. Bueno, ¡que comience el espectáculo! Me saco los tubitos de la nariz, y me desconecto del gotero sin quitar la aguja, tampoco es plan de montar una sangría. Vaya, me sorprende este repentino buen humor, supongo que las drogas que me han estado administrando son de las buenas. Pero yo a lo mío, que ahora viene lo divertido. Primero los electrodos de la cabeza, luego los del pecho…
– ¿Puede saberse qué está usted haciendo? – ¡Mierda, la doctora silenciosa, que no es tan silenciosa, me ha chafado el show!
– Me marcho, quiero el alta. – Hago ademán de levantarme, pero además de no tan silenciosa es rápida, y me invita con sus firmes manos a volver a recostarme.
– Ya, bueno eso tendrá que esperar. – Me tapa con la sábana como lo haría una abuela cariñosa y poco después observa el reloj para apuntar algo en la carpeta que le pasa la enfermera de la forma más impersonal. Al menos no intenta colocarme los electrodos.
– ¿Cuánto tendré que esperar?
– Hasta que me asegure de que está bien. – Su tono sigue siendo firme y distante. Sus ojos destilan cierta compasión.
– Pues, eso va a ser difícil, supongo que ya sabrá qué tengo en la cabeza.
– Lo sé, su hermana nos trajo su historia clínica. – ¿Han localizado a mi hermana? –Me refiero a que la dejaré irse cuando me asegure de que esté estable. –Ya arreglaré eso.
– Estoy bien, llevo bien desde ayer, solamente me hacía la dormida.
– ¿Sí?, comprobémoslo. ¿Vine ayer a verla?
– No, no sé.
– ¿Cómo que no sabe, no estaba despierta? Si vine reconocería mi voz, ¿no?
– Bueno, con mi compañera no estaba usted muy elocuente.
– Su compañero… –miró un momento detrás de la cortinilla, e hizo un gesto a la enfermera que fue a cerrar la puerta – Su compañero, digo, acababa de morir, no había mucho que decirle.
– Lo siento, no lo sabía.
– Pues es curioso, porque ayer mismo le dije a la familia que era cuestión de horas.
– Pues no lo recuerdo, estaría dormida.
– Tal vez, o realmente lleva casi un mes en coma.
– ¿Un mes?
– Sí un mes. – No me lo creo, como mucho un par de días.
– No me lo creo.
– Mire, ha estado usted un mes en ese estado, inducido probablemente por alguna situación de gran estrés físico, mental, o emocional y no voy a dejar que se marche hasta que pase al menos veinticuatro horas más en observación.
– De acuerdo. – Mira el reloj. – Pero quiero el alta lista para mañana.
– Está bien, pero hasta entonces solamente se levantará para ir al baño, y avisando antes a una enfermera. – Vuelve a mirar el reloj. –Volveré a verla esta tarde.
– Aquí estaré. – Tengo averiguar qué me están chutando, porque realmente lo he dicho convencida, cuando lo normal sería intentar escaparme en cuanto pudiera. Supongo que puedo permitirme perder un día más, si es cierto que ya he perdido un mes. La doctora se marcha con la enfermera y me quedo sola en la habitación.
Poco después otra enfermera vuelve y me pregunta si quiero algo para comer, es media mañana, la hora del desayuno ha pasado, pero si me apetece algo… Le digo que no, que muchas gracias, que tengo el estómago cerrado. La chica es joven, tal vez recién salida de la escuela de enfermería. Su mirada aún destila ilusión y su voz es alegre y animada. La otra enfermera, la siesa, vuelve cada media hora a controlar que sigo estable. Me toma el pulso, la temperatura, me mira las pupilas, anota los resultados y se marcha. Va a ser el día más largo y aburrido de mi vida, tal vez debería intentar dormir un poco, pero me da miedo, un miedo atroz, no volver a despertar. No, me prometí que no moriría en un hospital, y esa promesa, al menos esa, sí voy a cumplirla. De momento le diré a la sota, cuando vuelva, que revise el gotero. Las drogas comienzan a dejar de hacerme efecto.
Como prometió, la doctora indescifrable viene a visitarme por la tarde, rompiendo la monotonía del día, cosa que no pudo hacer ni la insulsa comida, por llamarla de alguna forma, ni la enfermera simpática que apenas comenzó a cruzar dos palabras conmigo fue requerida por la her comandat.
– ¿Cómo se encuentra? – Parece más amable, incluso se sienta en la cama.
– ¿Me podré ir mañana? – Suspiró.
– Tal vez, parece que todo está bien, y deberá prometerme que irá con cuidado.
– Entonces estoy estupendamente.
– ¿No quiere preguntar nada? – ¿Tú quieres contarme algo?, mejor seré diplomática.
– No. – Parece desilusionada. – Bueno sí, ¿podré irme mañana? – Insisto.
– Si todo va bien, – Se ajusta las gafas y comprueba una anotación ilegible para cualquier ser humano normal. – llamaremos a su hermana para que venga a recogerla.
– ¿Mi hermana?
– Sí, fue ella la que llamó a la ambulancia, estuvo todo el rato con usted. De hecho hace un par de días que no viene a verla, pero resultaba realmente difícil separarla de su lado. Estaba muy afectada.
Graciela, claro, ya decía yo que mi hermana no podría haber llegado tan rápido de donde-coño-estuviera-ahora. ¿Afectada?, después de dejarme abandonada y de robarme todas mis cosas, supongo que más que afectada se sentiría culpable. A saber cuándo volvió al restaurante y por qué. La doctora sigue hablando, me da las explicaciones que yo no le he solicitado. Y claro, al regresar me encontró tirada en el suelo, y se debió asustar, se sintió más culpable aún. Supongo que ya se habrá dado por purgada, la doctora le habrá dicho lo que tengo, el tiempo que me queda, habrá acallado su conciencia y se habrá marchado. ¡Mi hermana!, ¿pero es que esta gente es idiota? Vale que nos damos un aire, pero tanto como para parecer mi hermana. Preferiría no volver a verla.
– ¿Ha entendido?
– Sí, sí, todo claro, entonces mañana podré irme.
– Sí, después del desayuno paso a visitarla, le doy unas pastillas, recetas nuevas y podrá marcharse.
– Bien gracias.
La doctora se va y vuelvo a no tener nada que hacer. Sé que debería preocuparme por saber dónde están mis cosas, cómo voy a poder terminar mi viaje, qué haré mañana, pero mi cabeza no tiene ganas de pensar en esas cosas. Dormiré un rato hasta la hora de la cena.
La enfermera joven me trae un filete de pollo a la plancha soso e insípido con unas verduras hervidas, más sosas e insípidas si cabe, y un yogurt natural sin azúcar que sabe a suero. Cuando regresa a por la bandeja me pasa a escondidas una onza de chocolate con un guiño. Pone tanta delicadeza en cada movimiento, lo hace todo de un modo tan fluido que parece que las cosas obedecieran a sus deseos para no causarle esfuerzo alguno. No es muy guapa, pero que sonría con los ojos es de agradecer. Resulta agradable dejarse cuidar por ella. ¿Pero, qué hago? No termino de recuperarme de las consecuencias de un encoñamiento y ya estoy fantaseando con otro. Sí, pero con ella sería diferente…
– ¿Cómo te llamas? – Total, mañana me marcharé y nunca más sabré de ella.
– Lidia. –contesta mientras me ajusta el gotero.
– Gracias por el postre.
– Había que celebrarlo, eres la primera paciente que sale de esta planta por su propio pie. – Tiene un acento extraño. Sonríe y me coloca las sábanas.
– ¿De dónde eres?
– Del norte. –Sí, podría ser una mezcla de acentos, aún así…
– ¿Y algo de champán no tienes? – suelta una tímida carcajada y se tapa la boca con las manos, mientras mira por la puerta y se asegura de que no haya escuchado ninguna compañera.
– ¿Quieres que te acompañe al baño?
– No, gracias.
– Bueno pues cuando te apetezca me llamas – se acerca a mi oído – y veré qué puedo hacer con el cava– susurra.
Ya es de día. Lidia llega adormilada pero alegre y hermosa con el desayuno. Deja la bandeja en la mesa reclinable de la cama y se va sin decir nada, sonriente. Bajo la bandeja ha dejado un sobre, con lo que parece una nota. Esta chiquilla. Lo abro apresurada y leo. No, no es una carta de Lidia, es de Graciela. Perdóname mi hermanita, comienza. No me apetece leerla ahora. Desayuno sin ánimo y llamo a Lidia para que retire la bandeja. Mi cara de pocos amigos ensombrece su expresión de inmediato, y simplemente me informa de que en un par de horas la doctora vendrá a darme el alta. Dos hora y seré libre. Como si eso fuera posible.
Perdóname hermanita. Leo de nuevo. Una parte de mí desea perdonarla, pero cómo después de venderme así. Supongo que estarás enfadada conmigo – vaya, la chica es lista – pero voy a explicártelo todo, desde el principio. Miro por la ventana, el sol se alza perezoso, entre nubes desgarradas. Decido leerlo todo de seguido, duela lo que duela. La noche del accidente no iba sola en el coche, iba un hombre conmigo. Él era quien manejaba. Iba a llevarme a otro club. Estaba tomado y conducía como un loco. Yo estaba asustada, no era la primera vez que me mandaban a otro sitio, pero al que íbamos…, bueno de las chicas que iban a él no volvía a saberse nada. No sabía qué hacer y en un descuido tiré del volante para salirnos de la carretera. Él intento controlar el auto, pero no pudo. Sí, yo provoqué el accidente para poder escapar. Por eso no quería que te acercaras al coche. Él estaba vivo, inconsciente pero vivo. Cuando me hablaste de la gasolina la idea de que ardiera no me pareció tan terrible para ese cabrón y no dije nada. Cuando quisiste entrar en el otro club casi me muero del miedo que sentí. Estaba paralizada. El matón de la puerta era el hermano del que habíamos dejado atrás. En ese club teníamos que recoger a dos chicas más y marchar los cinco. Por suerte no me reconoció. Luego nos fuimos de allí y yo me sentí segura después de mucho, mucho tiempo. Pensé que podría comenzar una nueva vida y tal vez volver pronto a mi país con tu ayuda. Sí, intenté hacerme tu amiga para que me pagaras el viaje de vuelta. Lo siento, llevo tanto tiempo siendo una puta que ya no soy capaz de estar con alguien sin esperar algo a cambio.
Entonces, en la cafetería de la autopista, llegaron los dos matones que entraron cuando estábamos comiendo. Yo los conocí enseguida y me fui al baño a esconderme, pero me conocieron también y me siguieron. Intenté escapar con tu coche, pero no pude. De no ser por el chico del bar...
Cuando volví al comedor estabas inconsciente. Temí que te hubieran hecho daño. En el hospital me hice pasar por tu hermana, estabas tan grave que apenas me hacían caso. Eso me asustaba más. Estabas ahí, medio muerta por mi culpa. Me pedían tu historial y yo no sabía nada. Estabas en observación y no me dejaban verte. Esa noche la pasé en el coche, en el aparcamiento del hospital. A la mañana siguiente encontré el historial buscando algo que ponerme y lo entregué en el hospital. ¿Por qué no me dijiste que te morías? Me habría alejado de ti, no te habría complicado así la vida. Pero en ese momento estabas en coma y no podía más que ponerte tu amada música y esperar que despertaras.
La policía vino a verme al hospital. El camarero puso una denuncia. Están acusados de intento de violación y otras cosas más. Estos días atrás he tenido que ir a declarar, por eso no he estado ahí cuando despertaste. Pero ahora estoy aquí y cuando supe que estabas despierta sentí alivio y al tiempo miedo de que no quisieras volver a verme. Me han dicho que hoy te dan el alta. Te esperaré en la puerta. Si no me miras dejaré las llaves en el coche y me marcharé.
Perdóname hermanita, nunca quise hacerte mal.
Te quiere, Graciela.
El día ha llegado. La luz del sol entra impúdica por la ventana, con el olor a salitre y el ruido de un mar enfadado. Por lo demás silencio. Salgo al balcón y me quedo mirando la playa de fina arena beige. Si fumara encendería un cigarro. Una de las cosas que nunca hice: fumar. Tampoco me arrepiento. La calle está desierta. En la playa apenas se ve una sombra errante, o una roca de piel frente al mar, que sigue enfadado. Su aliento es frío. El sol, aún estando ya alto, apenas calienta. Estoy tranquila. En el salón-cocina hay un desayuno esperando: café, croissants, una onza de chocolate y una nota escueta: salí a la compra, vuelvo enseguida. Graciela.
Diez minutos antes de que llegue oigo el agudo gruñido de la moto de Graciela. La perdoné, ¿qué remedio? Ahora debe estar entrando en el paseo marítimo, el sonido se hace más claro. Soy una idiota. No, una cobarde. De haber vecinos los estaría despertándolos a todos. ¿Dónde quedaron mis planes? Ha parado, en breve oiré el ascensor. ¿Acaso pensaba que conseguiría hacerlo? Ya está subiendo. Supongo que encontraría cualquier otra excusa. La llave se frota contra la cerradura que cede en un momento. No, no hay excusa, tengo que hacer lo que he venido a hacer.
– ¡Hola, mi hermanita!, ya te levantaste ¿sí?, ¿comiste algo?, ¿te tomaste la medicación? – Deja las bolsas en la mesa y me da un beso en la frente.
– Buenos días – A qué poco me sabe ese leve contacto.
Sin más se marcha a mi cuarto y se pone a ordenarlo. Desde la silla la observo hacer mi cama, colocar la ropa que dejé tirada en el suelo, retirar el vaso de agua de la mesilla. Desaparece.
– ¿Te vas a duchar? – grita desde el fondo del baño
– No, no me apetece. – ¿Cómo ha llegado hasta allí? Aún no me acostumbro a estas pérdidas de conciencia. Son breves, pero cada vez más frecuentes. Es como dormirse en el sofá viendo un documental y despertarse viendo una serie. No se percibe el paso del tiempo, pero eso no significa que no haya pasado. Esto debe terminar, no debe quedarme mucho tiempo. Esta noche, por fin, será la última.
Me encanta conducir de noche. Arropada por el suave arrullo del motor y la rota voz de Billie Holiday. En un laberinto de pinos y roca, avanzo sin prisa hacia mi destino. Mientras, el mar impaciente, casi desesperado, intenta, sin conseguirlo, subir a recogerme. No será como estaba previsto, no me hundiré con toda mi vida en el fondo del acantilado. Le cedo mi identidad a Graciela. En el apartamento quedan mis escasas pertenencias, mis cuentas bancarias más que saneadas, mis carnets de identidad, de conducir, del videoclub, tarjetas de crédito, de débito, de descuento, mi ropa salvo lo que llevo ahora puesto, mi música salvo el disco de Billie, mi vivo retrato durmiendo en el cuarto junto al mío sin saber que al despertar encontrará una simple nota de despedida que termina con un te quiero Claudia, que sabrá interpretar bien, pues en cuanto salí por la puerta dejé de ser Claudia, para ser un fantasma que rasga la noche con la luz mortecina de los faros de un coche suicida.
Tras varios giros y contra giros por esta carretera sinuosa encuentro la curva que no llegaré a tomar. Una curva de ciento ochenta grados hacia la izquierda sobre el abismo de roca y espuma, estrecha, corta y con bastante pendiente, que habría que tomar en segunda. Detengo el coche antes de no tomarla y me asomo a mi tumba. La noche es fría pero despejada, el mar brilla sutilmente con el reflejo de las estrellas y la luna menguante, ¿o es creciente? Nunca supe diferenciarlas. Si fumara sería el momento oportuno para un último cigarrillo. ¿Pero qué manía he cogido ahora por fumar? En fin, suspiro. No puedo dejar de ser yo misma hasta el final. Me siento al borde del precipicio un instante, aún no ha llegado el momento.
El romper de las olas resulta hipnótico. El mar parece más tranquilo ahora que estoy aquí. Aguarda paciente, contagiado por mi serenidad. Un murmullo lejano rompe el trance según se aproxima desde el mundo de sombras que queda a mi espalda. Una luz mortecina débil ilumina mi cuerpo, mientras el ruido se hace más intenso. Suspiro. Me levanto y veo a Graciela que corre hacia mí dejando caer la moto al suelo.
De repente me está agarrando por los hombros, me hace girar interponiéndose entre el vacío y yo, me habla, me grita entre sollozos, me agarra la cara, de nuevos lo hombros. Yo no tengo tiempo ni ganas de volver a escucharla y, simplemente la beso, hago míos por fin esos labios que tanto he deseado, compruebo por fin su suavidad, su calor, su húmedo sabor a fresas. Ella enmudece, no puede hacer otra cosa, se disuelve, me suelta y se separa de mí. Me mira extrañada. ¿Cuántas veces he visto esa mirada en otros rostros ya olvidados? Da un paso atrás, hacia el vacío. Me abalanzo hacia ella para sujetarla y que no caiga, pero ella huye inconsciente al abismo que se abre bajo sus pies y cae. Apenas tengo tiempo para agarrarle el brazo izquierdo, pero su peso y mi debilidad se alían y me arrastran al suelo.
– ¡Claudia, Claudia! – Grita desesperada zarandeándose intentando agarrarse a la roca con la mano libre.
– ¡No me sueltes Claudia! – Por supuesto que no voy a soltarte amor. La roca lisa y helada no le ofrece ayuda alguna y, con el movimiento, su peso comienza a hacerse insoportable.
– ¡Claudia! – por más que la agarro con las dos manos no consigo izarla, el sudor convierte mis manos en aceite.
– ¡Me resbalo, Claudia! – siento que me falta el aire, un leve mareo amenaza con sobrevenir, un punzante dolor en la nuca me seduce para que me rinda.
– ¡Claudia! – ¡Mierda, no, ahora no!
– ¡Mi hermana!
Despierto. Me duele un poco el cuello, esta almohada es algo dura para mí. Abrazada, más bien enroscada a mi vientre está Dolorita, mi nueva sobrina de ocho años. La niña se cuela todas las noches en mi cama cuando una pesadilla le roba el sueño. Por la mañana la despierto para que salga corriendo a su cama, antes de que su abuela la pille entre mis sábanas y la riña por molestar a su tía. Esta vez no nos da tiempo. Dolores entra por la puerta.
- ¡Ay, esta niña, siempre igual yo ya no sé qué hacer con ella!
- Déjala mamá, ya te dije que no me molesta, ¿sí?
- Si que te ha cambiado estar fuera. Antes de irte no dejabas ni que se sentaran en tu camita. ¿Recuerdas, hija? – Por supuesto que no lo recuerdo.
- Ha pasado tanto tiempo. – La niña, despierta. Descubro el brillo de sus ojos entre la maraña de pelo que cubre su cara, justo antes de que los vuelva a cerrar haciéndose la dormida.
- Sí, hija, sí. – Se marcha señalando a la niña y meneando la cabeza, yo me encojo de hombros y le sonrío.
Cada vez que me llama hija creo percibir un tono de reproche en su voz, como si en el fondo de su ser supiera la verdad. Aunque eso no debe ser del todo cierto. A veces creo que durante aquel beso fatal lo que en realidad sucedió fue que parte de Graciela pasó a mi cuerpo, y parte de mí, la parte suicida, pasó al suyo. Por eso tras su muerte no pude acompañarla. Por eso al volver al apartamento en la moto, me fui a dormir a su cama de forma automática. A la mañana siguiente recibí una llamada de una agencia de viajes para confirmar dos billetes de avión. Contesté con la voz de Graciela, que no tuvo más remedio que anular el pase de Claudia y retrasar el suyo unos días, hasta que todo quedara aclarado. Después salió, salí, a la comisaría con la nota de suicido de Claudia, mía, a denunciar mi, su, desaparición. En unas horas encontraron el cuerpo. Dos días más tarde Claudia estaba enterrada. La semana siguiente Graciela volvía a casa, con su madre y su sobrina Dolorita.
Al abrir la puerta de su casa, Dolores se encontró de repente con quien menos se esperaba. Dudó apenas un segundo, lo que tardé en abrazarla y llenarle la cara de besos. Su hija había vuelto, al menos en parte, y durante el poco tiempo que me quede podré hacer más pasadera la vida de mi nueva madre, aunque en el fondo yo sepa que no es mi mamá, y ella intuya que no soy su niñita.
- Tía - Dolorita deja de fingir que duerme.
- Dime, mi amor.
- Hoy he soñado contigo.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Y qué soñaste?
- Que me llevabas a la playa.
- ¿Y la escuela?
- Hummmm, no iba.
- ¿No?
- Es que…, no..., la maestra se había puesto mala y no había.
- ¡Aaaah!
fatalidad.
(Del lat. fatalĭtas, -ātis).
1. f. Cualidad de fatal.
2. f. Desgracia, desdicha, infelicidad.
3. f. Hado, destino.
D. R. A. E.
¿Has ido alguna vez solo al cine por la noche? Normalmente lo harás porque no encuentras a nadie que te acompañe a ver esa película que te interesa, porque no soportas que tu compañero de butaca te reviente las mejores escenas o, simplemente, porque sospechas que la película que vas a ver puede menoscabar tu reputación de cinéfilo. ¿Quién sabe? De todos modos el motivo es lo de menos. Incluso, en cierto modo, tampoco importa mucho la película. Porque no quiero hablarte de cine.
Cuando la trama se resuelve, se hace la luz, y los nombres de los actores desfilan por la pantalla acompañados por la banda sonora, llega el momento de ponerse en pie e imitar a los créditos en dirección a la salida. Recoges el cartón vacío de palomitas y enfilas hacia la puerta rumiando los mejores momentos o pensando que el loco de turno tenía razón en lo que decía. O, ¿quién sabe?, puede que simplemente pienses que llegas tarde a casa, no tienes nada de cena y la película ha sido un auténtico bodrio.
Sigues con estas conclusiones cuando te encuentras en la calle y, tras echar un último vistazo a la cartelera, comienzas el viaje de vuelta. Si la película fue mala te alegras de que nadie se haya enterado de que te gustó. Si la película fue buena te cuidas de recordar las escenas que comentarás con esos a los que llamas tus amigos. Mientras tanto ya has cruzado la calle y las luces de la casa de los sueños se funden con las propias del decorado urbano. Si tienes suerte y vives cerca del cine nunca sabrás que se siente dos minutos después. Si tienes suerte y vuelves en coche tampoco sabrás lo que es eso. Si tienes suerte y consigues mantener tu mente ocupada durante los próximos veinte minutos no vivirás esta experiencia.
Poco a poco se acallan los pensamientos y al final, tras un breve callejeo, te encuentras caminando por una avenida solitaria, por la que apenas pasa un coche cada minuto. Las farolas tiñen de un tenue naranja el asfalto y los escaparates iluminan de blanco las aceras. No conozco tu ciudad, pero seguramente cruces algún parque, un paseo, o simplemente haya árboles por la gran avenida que parece interminable.
A estas horas suele levantarse una ligera brisa, agradable en verano y un tanto molesta en invierno. Las ramas comienzan a moverse y a susurrar un mensaje que te esfuerzas en entender, sin conseguirlo. Sin más, a lo lejos, aparece un bulto que se mueve y, aunque no lo notes, tu corazón se acelera de forma inversamente proporcional a tus pasos. Descubres que se trata de una pareja de enamorados, la cual se cruza en tu camino interrumpiendo su conversación, para retomarla una vez te han sobrepasado. La cara de la chica permanece oculta, mientras él te mira amenazante girando el cuello, forzado por su paso acelerado. ¿Quién sabe?, incluso puede que ellos también hayan sentido eso que te niegas a aceptar que comienzas a sentir.
Cruzas las calles que confluyen en la avenida mirando en su interior, vigilando que no aparezca ninguna figura de entre la oscuridad. Comienzas a recordar una escena de la película, similar a tu escena. Piensas que, en cualquier, instante sucederá algo. Te acuerdas de la música que escuchaste en aquel momento, tan lejano ya, y la canturreas o silbas para aliviar el silencio que comienza a pesarte.
Aceleras el paso.
De repente te paras. Disimulas mirando algún escaparate, pero en realidad te preparas para abandonar la supuesta seguridad de la avenida e introducirte por una calle menos iluminada y plagada de criaturas invisibles y acechantes. Tomas la esquina con una amplia curva y poco a poco aceleras el paso, que resuena más ahora, e intentas pensar en algo, lo que sea, cualquier cosa, mientras tu mirada barre una y otra vez todos los recovecos. A lo lejos ves un vagabundo durmiendo en un portal. Afortunadamente está en la acera de enfrente. En la esquina están cerrando un bar. Por unos metros una falsa seguridad vuelve a ti.
Giras y te introduces por un nuevo callejón, más oscuro, pero también más corto. Apenas veinte pasos cuesta arriba que desembocan en un pequeño parque donde aún quedan algunos rezagados conspirando entre las sombras. Dudas entre rodearlo o cruzarlo, tratando de reconocer a sus habitantes antes de tomar una decisión. Finalmente lo cruzas, pasas junto a la fuente y ralentizas el paso para escuchar el sonido del agua al caer. Entonces oyes una discusión al fondo. Debes pasar por allí pero no lo harás mientras haya gente. No entiendes lo que dicen mas los movimientos nerviosos y las palabras rápidas no te inspiran confianza. Ves un banco vacío y, sin dudarlo, te sientas hasta que pase la tormenta. Disimuladamente mantienes la vista en la dirección de tumulto, tratando de convencerte de que estás en un lugar oscuro y que no pueden verte. Aunque, ¿quién sabe?, tal vez sí. Una sombra sale del grupo en tu dirección. Rápidamente vuelves tu mirada al cielo, a la fuente, al suelo.
No se escucha nada, salvo el sonido del agua al caer y el de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Te levantas despacio y, con paso firme, reemprendes el camino demasiado excitado para fijarte en el coche que casi te atropella al cruzar la calle. Cruzas la mirada con el conductor, que sigue su camino, y tú el tuyo. Unos pasos más y llegarás a casa, a tu hogar, a tu fortaleza inexpugnable donde no puede ocurrirte nada. Reconoces a un vecino que baja la basura, le saludas sonriendo. ¿Qué paranoias eras las de antes?, ¿qué podría haber pasado? Vives en un barrio seguro.
Llegas al portal y abres la gran puerta de acero. Enciendes la luz. Cierras y miras a través del cristal y los barrotes. Nadie podrá entrar. Llamas al ascensor que llega puntual a su cita. Abres la puerta y te colocas en el fondo antes de pulsar el botón. Meneas la cabeza de un lado para otro y sonríes tranquilizándote. El ascensor ha llegado a su destino. Por fin entras en tu casa. Cierras la puerta, pones la cadenita y echas un vistazo por la mirilla hasta que la luz del rellano se apaga y quedas a oscuras. Pasas al salón encendiendo todas las luces, comes algo y te vas a dormir. Parece que no hay nadie en casa, o tal vez vives solo, no lo sé. Todo está tan silencioso que procuras no romper ese silencio. De nuevo se hace la oscuridad.